El mamut y la zarigüeya

Nuria Chinchilla y Maruja Moragas
La Vanguardia
Hace unos días vimos en familia la película Ice Age 2: el deshielo. Uno de los personajes, Ellie, es una mamut que ha vivido toda su vida entre zarigüeyas (marsupial menor que un zorro) y ha actuado siempre como ellas.

        Un día, ya crecida, imitando a sus amigas, se cuelga con habilidad de la rama de un árbol por la cola. La rama se rompe por su gran peso y cae al suelo. Se siente mal, pero no atina a pensar que lo que ha pasado es porque no es una zarigüeya. Tras un tiempo, en su primer encuentro con un mamut, se reconoce tal cual es, como reflejada en un espejo.

        A algunos profesionales les pasa como a Ellie. Gracias a su buena preparación técnica tienen ascensos meteóricos y viven como si fueran máquinas de trabajo. Están rodeados de ejecutivos y copian sus modos: dan órdenes, sólo saben trabajar, siempre pegados al móvil, a clientes, contratos, reuniones…

        Al llegar a su casa no entienden a los niños ni a su mujer, porque hablan lenguajes diferentes. Sólo saben despachar con ellos en lugar de convivir. Su función directiva ha invadido su papel de padre y esposo.

        La crisis ha ayudado a romper muchas ramas y a que los mamuts-zarigüeyas despierten del nirvana en el que han estado durante años y se vean como lo que son: personas corrientes, pero con varias facetas de su vida a medio desarrollar. El batacazo remueve muchas cosas, y emergen las preguntas clave: quién soy, adónde voy y para qué estoy aquí.

Todos hemos nacido en un momento, familia y sociedad determinados, en nuestra tierra, con sus tradiciones, lengua, religión e historia, que nos hacen ser quienes somos: un árbol con muchas raíces. Negarlas, distanciarnos de ellas o coger solo la parte que interesa, repercute en nosotros fragmentando nuestra identidad y debitándonos.

        Además, actuamos en cada ámbito de nuestra vida –en la familia, la empresa o la sociedad– con un sombrero distinto, pero sin dejar de ser quienes somos: una única persona con muchos gorros, un único árbol con muchas ramas.

        Estamos arraigados en nuestro pasado y crecemos en el presente al desplegar cada uno de los papeles en cada uno de los ámbitos en los que vivimos. Reconocerlos en toda su amplitud y profundizar en ellos es reforzar nuestra identidad y descubrir lo que somos: un mamut, no una zarigüeya.

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